En el mejor de los casos, la mayoría de los consumidores compran su vino para despacharlo lo antes posible. Actitud correcta, esta tendencia permite el disfrute del frescor y la frutosidad de productos que generalmente y en la mayor parte del mundo, están confeccionados para su consumo inmediato. Sólo una pequeña parte de la inmensidad del vino que se diseña en todo el planeta, desde el viñedo hasta el embotellado final, deliberada y calculadamente, es para la guarda. Justo allí, en el silencio y oscuridad de la cava y enclaustrado en el cristal, es donde el genio de la botella podrá dormir el sueño que lo hará crecer, madurar y refinarse para luego liberarse y entregarse a nuestros sentidos pulido, profundo, exuberante y complejo. Ciertamente, poquísimos vinos y sólo aquellos nacidos en los mejores orígenes de la vieja Europa poseen la materia y la casta para mejorar con los años. Son precisamente estos frascos la codicia de coleccionistas y conocedores, personajes con la sapiencia y el bolsillo necesarios para comprar estas joyas líquidas siempre escasas, valiosas, muchas veces y aunque suene duro y pedante, inalcanzables para el común de los mortales.

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