Le siguen La Rioja (con 1.400 metros al norte del Valle de Famatina), San Juan (1.340 metros en El Pedernal) y Mendoza (1.200 metros en el oeste del Valle de Uco) y son otros exponentes de esta actividad, según un artículo aparecido en el diario La Nación.

En la nota se sostiene que “en el alma del vino se aprecia la naturaleza del lugar que los vio nacer, y la altura sobre el nivel del mar les confiere ciertas características únicas en el mundo”.

Es habitual partir de la premisa de que el vino nace en la uva, pero los metros sobre el nivel del mar en los que se desarrolla y el terruño de donde provienen, resultan fundamentales para el resultado final.

Esta apreciación no es nueva: en la antigua Roma se decía que Baco (dios del vino) amaba y admiraba a las montañas. Y está probado que las uvas que nacen en tierras altas son especiales, únicas en el mundo.

A mayor altura, más y mejor radiación solar, y así la amplitud térmica es mayor (días más calurosos y noches más frescas). Se conoce como la "bendita amplitud térmica" a la que produce un clima ideal para el desarrollo de las vides.

En las alturas, los vientos limpian el aire, la vegetación goza de excelente salud gracias a la ausencia de pesticidas, los suelos son más pobres y pedregosos, y las aguas provenientes de los deshielos destilan pureza. Además, las lluvias suelen ser escasas.

Más altura es igual a más taninos. Estas condiciones climáticas hacen que durante los últimos meses del período de gestación de la uva (en el país, de enero a marzo) ésta haga una maduración lenta y prolongada.

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